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Noticias - Sociedad

May302011
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Redacción

Última actualización el Mar052012
 
Ene022011
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Redacción

Dos mil once, un número un tanto curioso para un año lleno de incertidumbres; incertidumbres no culturales, porque el ingenio sigue vivo y candente en las mente de los creadores, quizás más vivo y despierto que nunca, a pesar de los recortes presupuestarios y de las estrecheces. Porque es en estas circunstancias cuando el ingenio del artista se revela, se crece, se vuelve especulativo y pide número para entrar en el paritorio. La falta de apoyo económico no va a hacer que los ingeniosos se amilanen, o sucumban al desencanto. Se volverán más críticos, ácidos y mordaces con sus trabajos y caerán las vendas que ciegan. El actor no va dejar de actuar, el escritor no va dejar de escribir, el pintor no va dejar de pintar y el crítico va seguir ejerciendo su labor (el oficio más viejo que acompaña a la especie desde su aparición), porque las cortesanas también tienen su espacio y, cómo no, su mérito. Muchas van a seguir deambulando por pasillos de todos conocidos y van a seguir cumpliendo para que el abad las redima generosamente, al tiempo que hace rechinar el sonajero y tintinear el monedero.

Los habrá también que preferirán aferrarse al volante, hacer de chiquichanca y dedicarse al pastoreo olvidándose del espejismo que les mostró llenos de vanidad codeándose con los dioses del Olimpo.

   
Sep102010
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Redacción

Los primeros en desaparecer de la faz de la tierra fueron los dinosaurios, de ellos como un recuerdo anecdótico quedan las lagartijas y salamanquesas que rastrean nuestros muros y campos.

Toda evolución implica una revolución, un cambio de costumbres, de nuevos enfoques, de nuevas alternativas. Savia nueva y energía renovable frente al conservadurismo aburguesado y la inercia del negocio establecido, donde los bien posicionados se siguen enriqueciendo en detrimento de los emergentes.

Internet, de momento, es un medio aparentemente democrático que iguala a ricos y pobres, que los obliga a convivir en el mismo espacio. Aquí no tienen cabida los rolex de oro, ni las camisetas de marca. Puedes entrar en la Tate en zapatillas, por la puerta de atrás, y dejar tu anuncio en su muro, que seguro irán para ver qué has escrito.

Las editoriales se sublevan y patalean ante la aparición del libro digital, y la arrogancia de un avispado como Andrew Wylie, que sabe cómo tocarles el bolsillo con sonajero incluido. Las productoras ven cómo los advenedizos con sus móviles son capaces de competir con ellos y restarle parte de sus audiencias cautivas. Las casas de discos hace tiempo que se rasgaron las vestiduras, y no ya por el pirateo que propicia la red, sino porque los propios músicos se rinden ante la evidencia y se relacionan directamente con su público fiel.

Ridley Scot clama desde internet un poco de atención, creyendo que pasará a la historia por invitar a la humanidad a participar en su collage audiovisual, algo con lo que otros se han estrenado anteriormente. Hasta el Guggenheim busca un hueco y se acerca a la plebe. En toda esta omelette, El Rollo Higiénico busca su posicionamiento, desde las catacumbas de la inercia y la quietud que nos rodea, salimos para disparar sin balas, aunque con nuestras mejores armas: nuestro trabajo y las ganas por hacernos y hacer visible a todo aquel que tenga algo que aportar desde la cultura. La Cultura y el Arte no son una moneda de cambio para el político de turno. Es nuestra herramienta política; además de sensación, necesidad, experiencias y transmisión de datos.

El Rollo Higiénico vuelve. Por un capricho del destino, Des Smith, desde Nueva Zelanda, con su guión sobre un papel higiénico propició la resurrección de una publicación que hace 30 años intentó dar salida a las inquietudes artísticas de un puñado de iluminados, demasiado jóvenes e ilusos en unos tiempos en los que el mundo no cabía en un plato de guisantes.

Ahora, el plato está lleno. A rebosar.

   

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