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23Septiembre2014
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Redacción

"VESPERTINOS" Relato de SANDRA LUNA

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Por varios minutos, que nadie cuenta, tres dedos le soban el mismo pedacito de espalda, hasta que el poliéster de su vestido azul despide un calor incómodo. Entonces él, con parsimonia y suavidad, muda su mano al hombro y, con una tranquila sonrisa en los labios, la escucha.

Su voz ronca lleva hilvanada una risa sin edad que torna divertidas las cosas más insulsas que le ocurrieron aquel día y que ahora repasa para él con travesura. Su detallada bitácora consume sin prisa los minutos. Cuando al fin termina, hace una larga pausa, interrumpida sólo por sus sorbos a un café casi tibio. Al retomar él su monótona caricia, ella le deja caer su mano en la entrepierna y disfruta el silencio.

Entre los ríos de gente que esa tarde cruzan la Alameda a toda prisa, sólo algunos tienen un par de segundos para notar la placidez de aquella pareja madura, tan ajena a la nube negra que corona el sauce bajo el que se han sentado. Quizá más tarde, cuando ya estén guarecidos de la tormenta que está por caer, esos transeúntes los recordarán y se preguntarán cuál es su historia.

¿Cómo habrían de saber que, apenas media hora antes, la serenidad de este hombre moreno, entrecano y de poca altura se había visto trastocada por el desparpajo de la pelirroja –o algo así– que frente a él se masajeaba el pie derecho no como aliviándose un dolor, sino regalándose un sencillo placer? Con paciencia, él esperó a que las dos estudiantes que estaban junto a ella continuaran su camino para dejar libre el asiento. Entonces, con una agilidad de la que ya no se creía capaz, se deslizó hasta esa banca y se sentó en un extremo. Resolvió tomarse su tiempo antes de dar el siguiente paso. La tregua no duró mucho; la mujer le hizo una pregunta inaudible, obligándolo a recorrer los cincuenta centímetros que los distanciaban y, con ello, a ponerse absolutamente a su merced.

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Para cuando decidieron ir a buscar un café para ella fuera del parque, habían dejado de ser dos extraños, pero aún no eran nada más. Al volver,poco después,eligieron la misma banca y en ese gesto compartido sintieron que se habían convertido en algo ya.

Ahora, piadosa, la tormenta los indulta y se retira con discreción. La noche llega poco después y halla ahí una caricia tan cansina como fiel y un pie descalzo sobre la pierna de un hombre sorprendido por su propia audacia, pero consciente de que ésta, como al viento de esa tarde, no le alcanzará para llegar más lejos.

Con las petunias arrancadas sigilosamente a una jardinera de Polanco, el hombre de traje se confecciona un sencillo ramillete que guarda en el bolsillo interior de su saco para protegerlo no tanto de la insolencia de los curiosos como de los sofocantes vapores de la Línea 1. Para cuando desciende en Pino Suárez, las flores ya están algo maltrechas, no así su presencia de ánimo.

Durante la espera, sus pies cuelgan un poco de la banca de concreto, dándole un aire algo infantil. Ese detalle le pasa desapercibido, como tantas cosas que ocurren a esa hora en la Plaza del Aguilita. Como los dos partidos de futbol que se juegan simultáneamente en una inverosímil coreografía. O como la mujer que lo mira con insistencia desde hace un rato. Cuando al fin lo advierte, se levanta y, sin mayor preámbulo, se dirige hacia ella.

—Toma, son para ti –le entrega el ramo desfallecido.

Ella alarga una mano cargada de pulseras y con las uñas cortas pintadas de coral. Acepta las flores con una media sonrisa y se las lleva a la nariz, aspirando ruidosamente un aroma que ya no tienen, que nunca tuvieron.

—Cuéntame de ella –le suelta así, sin más.

No es que él quiera negar que ha sido plantado, es sólo que su claridad lo toma por sorpresa.

—Sí, ella, para quien trajiste las flores –insiste la mujer.

Sin nada que perder, él le cuenta cómo se conocieron décadas atrás, en un cine. Ella era la encargada de la dulcería y él iba tan seguido como podía. Le habla, sin detalles, de los recovecos que ofrecía lavespertinos-elrollohigienico 2 inmensa sala oscura para los jóvenes impetuosos que entonces eran. Le dice cómo le gustaba a ella corregir el guión y proponer, entre beso y beso, finales alternativos a cada historia.

En su plática abundan las referencias a películas y actores olvidados, a salas hace tiempo derruidas y a golosinas que ya nadie apetece. Él habla sin mirarla; ella lo escucha primero con arrobo, luego se aburre. Ensaya entonces miradas cortas y cargadas de intención, como si la estuvieran retratando en close up para una película de 1949. Entorna los ojos, los abre; entreabre los labios, los cierra. Olisquea las flores desfallecidas y las deja caer antes de alejarse, sacudiendo su melena caoba. Él tarda en darse cuenta de que las luces han comenzado a encenderse en la plaza. Que la función ya terminó.No hubo quien rectificara esta vez el final simplón de una indecisa tarde de llovizna.

***

La paz, que nunca ha residido en esta ciudad, tampoco ha sido el signo de las aves que tapizan la vieja plaza de Loreto. Feas, grises y voraces, se han apropiado de cuanto nicho existe en bodegas, vecindades, el campanario del templo jesuita y hasta la Escuela Nacional de Ciegos. Su estiércol blanco lo cubre todo, incluso las bancas; el hombre enjuto que hace cortos paseos frente ala iglesia no se anima por ello a sentarse un rato.

—¿A quién buscas? ¿Qué compras? –le pregunta una mujer a bocajarro.vespertinos-elrollohigienico 3

Su mirada incauta le revela que él no está ahí para buscar lo que tantos otros sí. A esa hora incierta en que la zona despide a sus clientes diurnos, aparecen otros, hordas de extraviados que se mimetizan conlos árboles flacos y se ocupan de un comercio clandestino, impreciso, sin honor.

Lamandíbula saliente de la mujer y su pañoleta colorida, tan dispuesta a jugar con el viento, le dan un aire brujil. No se le conocen artes oscuras, pero nadie duda que las posea. Es así como tiene salvoconducto para recorrer a su gusto la pequeña plaza virreinal; su protección alcanza incluso para aquel hombre que le sonríe desorientado. Cuando ella lo toma de la mano con resolución, él se la aprisiona con una fuerza que poco corresponde a su mirada mansa. Disfrutando el apretón inesperado, pega a él su cuerpo delgado mientras recorren juntos el perímetro de Loreto.

El aire cargado de humedad ablanda sus labios resecos, pero ella no los abre, ocupada como está en adivinar las circunstancias del hombre a su lado. Estoico, él resiste los golpes de la pañoleta en su cara y el persistente silencio. La tarde se va tornando violenta y hasta los pichones que recogen las últimas migajas antes de irse al nido están inquietos. Las nubes cargadas despiertan temor en los supersticiosos y tornan lúbricos a los más avispados.

Una electricidad recorre a los dos que marchan. Él sabe que se necesita poco para llevar a esta mujer a donde él proponga, pero aún no tiene plan de vuelo. Repasa sus opciones en términos de monedas, de horas, de ganas... Cuando están por completar una tercera ronda, le suelta la propuesta.vesperinos-elrollohigienico 4

—¿Y si vamos al cine Venus? No está muy lejos de aquí; ahí podremos estar a gusto mientras pasa el agua.

El viento al fin le arranca a ella la pañoleta y su cabello rojizo se libera como en estampida. Lo mira decepcionada, para luego desaparecer entre los fantasmas vivos que ahí pululan. Sobre él caen gotas gordas y pesadas, como castigando su torpeza.

En el campanario, el arrullo de los pichones no invita a la paz ni al sueño. El aguacero es un canto bélico y, bajo su influjo, dos sombras reviran sus pasos para reencontrarse en un quicio. Se guarecen del viento frotando sus cuerpos vespertinos y de su rescoldo nace una llama diminuta.

A la distancia, los fantasmas de la plaza se estremecen a la vista de ese fuego fatuo. Uno de ellos llora.

Comentarios  

 
+2 #6 Gaby 01-10-2014 09:56
Me gusto tu cuento. Se escucha interesante la historia y te deja con un buen sentir de lo que pasa, esperando que continue. Tal vez haya una segunda parte? No soy experta mas sin embargo disfrute tu estilo de narrar la historia!
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+2 #5 Aurora 30-09-2014 19:17
Quiero más, no nos puedes dejar con este suspenso, creo que puede ser el principio de una novela interesante.
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+2 #4 Varinia 26-09-2014 17:27
Descripciones tan vivas... ¡qué deleite!
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+2 #3 Martha Montero 26-09-2014 13:47
Querida Sandy: siempre me ha gustado tu narrativa, me alegra mucho que la sigas cultivando y que la publiques para gozo de mucho, ¡me encantó! :roll:
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+4 #2 Selene 26-09-2014 02:41
Gracias por compartir Sandra. Felicidades.
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+3 #1 martha medina 25-09-2014 21:38
:-) Muy bonito relato.....por unos momentos pude imaginar a la pareja y a los lugares que dice el relato.. muchas Felicidades Sandra!!! Que sigas cosechando muchos más éxitos!!!
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Última actualización el Sep232014